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Muy buena aportacion y gracias por compartirla (General)

Escrito por rodol, Wednesday, 02 de March de 2005, 15:16 (7052 days hace...) @ Kaltar

» Hay minutos en que todo parece escaparse de las manos. El día ha sido como
» un cheque sin fondos. Hemos caminado de prisa y de pronto nos detiene una
» duda: ¿dónde vamos> Resulta que no lo sabemos. Una bruma desconsoladora
» nos envuelve. Creemos que los anuncios luminosos y las lámparas de los
» arbotantes no han sido bien encendidos. Suponemos que el mundo es
» demasiado grande y que no lo habita nadie. Algo así como si todos sus
» habitantes se hubieran ido a pasear a otro planeta. La soledad nos
» sobrecoge de improviso. Y con ella, el deseo punzante de hacer algo
» indefinible, desde tomar una taza de café hasta realizar una hazaña
» heroica. Y no es ni lo uno ni lo otro. Buscamos dentro de nosotros mismos,
» nos interrogamos: ¿qué será> No se atina con la respuesta. Contempla uno
» la vida y la compara a una botica, en la que hay de todo. Sin embargo, no
» tenemos la receta. No puede saberse la medicina. Es el vacío.
»
» Esa noche, Epigmenio no tenía la receta. Era uno de esos días en que los
» pequeños y apurados planes que hace cualquiera para tener una meta
» inmediata a la que asirse, para salvarse del vacío, le habían fallado. La
» muchacha que pretendía enamorar había faltado a la cita. Por esperarla, se
» pasó la hora de ir al cine a ver una película del Indio Fernández. En el
» café, la tertulia de amigos se había disuelto. Así como las grandes
» calamidades se desatan simultáneamente, esas minúsculas que cercan a los
» hombres a determinada hora y hacen también su daño, se habían desatado
» contra Epigmenio. En ese momento, se sentía el único habitante sobre la
» tierra.
»
» Esta sensación no es nada grata. Si se carece de imaginación o se la posee
» en exceso, lo más fácil es resbalar hacia una cantina. Epigmenio decidió
» entrar en la más cercana y tomar algo fuerte. Ante el bar, con un pie en
» el "estribo", Epigmenio se puso a pensar. ¿Había perdido algo> Cuando
» alguien se hace esas preguntas precisamente frente a la barra de una
» cantina, lo inevitable es que pida otra copa. Y que se siga con una
» docena. Normalmente, a la duodécima, ese hombre se ha salvado
» inesperadamente no se sabe por qué milagros del alcohol. Se siente feliz
» en la tierra y la ve poblada otra vez por sus habitantes, sus esperanzas,
» sus alegrías. Hasta descubre desconocidos e interesantes seres. Charla con
» cualquier ser humano, le surge una ternura inusitada por el cantinero,
» todas las mujeres se convierten en fáciles amores. Así son a veces las
» penas humanas. Lo grave para Epigmenio fue que a la duodécima copa se
» sintió más solo. Y un hombre que se siente solo después de haber bebido
» doce copas y ya frente a la decimotercera, es todo un drama. Es que ese
» hombre está verdaderamente solo.
»
» Posiblemente Epigmenio lo ignoraba. La soledad es una revelación, como la
» urticaria. Uno está muy bien. De repente, hay una comezón terrible en toda
» la piel. Es la urticaria que brotó por cualquier secreta alergia. Así la
» soledad. Uno ni siquiera la supone. Se vive, sé es, a pesar de todo, más o
» menos feliz. Pero un minuto, un instante, porque faltó una chica a la
» cita, porque no se pudo ir al cine, porque no se encontró a ningún amigo
» en el café, y ¡ahí está la soledad! Y tan inútil como rascarse, cuando la
» urticaria, sin que se calme, así la soledad: la escarba uno creyendo que
» es pura imaginación y se exacerba. Ya será difícil que se ahuyente.
» Epigmenio comprendió: no se sentía solo, estaba solo.
»
» La revelación, a pesar de la niebla del vino, fue dolorosa. Para escapar
» de su daño, Epigmenio intentó buscar compañía. Cerciorarse de que no
» estaba solo en el mundo. Creía que no tendría arriba de dos horas
en la
» cantina. Pero las barras de las cantinas comprueban la teoría de la
» relatividad: cuando pudo descifrar el reloj, calculó que habían
» transcurrido cerca de tres horas. Era más de la medianoche. A esa hora, un
» hombre con trece copas que descubre su soledad y busca compañía, si es
» soltero, por lo general nada más tiene un sitio donde encontrarla: en un
» cabaret. Epigmenio salió de La Mundial y enfiló hacia el Waikiki.
»
» Había estado allí hacía cuatro noches. Entonces no por sentirse solo, sino
» porque deseaba a una muchacha. Usted sabe: esas cosas inevitables que han
» creado muchachas que van a los cabarets para que las inviten los clientes.
» La muchacha que Epigmenio invitó esa pasada noche resultó ser muy
» agradable. Bastante bonita. Además, capaz de dar algo que no debe
» esperarse: un poco de ternura. Y mostró hacia Epigmenio una cálida
» simpatía. Y otras cosas que no hay que decir, porque resultarían
» indiscretas.
»
» Epigmenio llegó al Waikiki. Allí, por si usted no lo sabe, hay muchas
» mesas y, alrededor de ellas, esperando a un anfitrión ideal, las
» muchachas. Las malas muchachas, como hay que nombrarlas para
» diferenciarlas de esas conocidas como las buenas muchachas. Las malas se
» ganan la vida bebiendo con quienes las invitan. Por cada copa que toman,
» la casa les da una "ficha". Cada "ficha" vale un peso cincuenta centavos.
» (Creo que ante la carestía de la vida, también las fichas están
» revalorizadas.) Cuanto más las invitan, más "fichas" obtienen.
» Consecuentemente, más dinero. A ellas les gusta, naturalmente, que quien
» las invite les convide muchos tragos. Por otro lado, pueden gustarle al
» cliente. El cliente las invita a ir a dormir. Si a la muchacha no le
» interesa más que el negocio, acepta ir por un rato. Si el cliente le gusta
» o se gana su simpatía, puede quedarse dormida hasta el otro día. Claro, si
» no hay un amigo que les lleve la cuenta. Todo esto es muy variable. Habría
» que hablar mucho sobre ello. Si alguna vez usted y yo podemos ir juntos a
» un lugar de ésos, allí, frente a una mesa, podremos platicar largamente
» del asunto.
»
» Cuando Epigmenio entró en el cabaret, las cosas empeoraron. Aquello estaba
» poco concurrido. Nada más unas cuantas parejas perdidas entre tanta mesa.
» Las mesas están frente a la pista, donde se baila, todas con un albo
» mantel y cuatro sillas bien acomodadas. Epigmenio fue a sentarse
» precisamente en el centro. Solo. Apoyó el codo sobre la mesa y la cara
» sobre la mano, tratando de que sus miradas pudieran adivinar si lo que
» aparecía ante ellas era un objeto o una persona. Y si era persona, si
» tenía la forma de Sylvia. Sylvia, la muchacha que había aceptado su
» invitación hacía cuatro noches y se había dormido hasta el día siguiente.
» La recordó, concentrándose. La concentración se convirtió en algo intenso:
» tuvo la certeza de que, si ella estaba allí y aceptaba otra invitación,
» dejaría de sentirse solo. Con la presencia de Sylvia volvería el mundo a
» poblarse. Pero no podía concretarla entre las formas desdibujadas de esta
» o aquella muchacha cuyos contornos, líneas y perfil no llegaban a
» adquirir, ante sus ojos miopes por el alcohol, una identidad, un nombre,
» una esperanza.
»
» El señor que atiende el cabaret y que dirige a los meseros como hábil
» estratego, amablemente se acercó a preguntarle qué deseaba. Es un señor
» muy diligente que va y que viene, incansable, arreglando que ningún mantel
» esté fuera de centro y que las sillas estén en su sitio. Debe haber
» supuesto que algo grave le ocurría a Epigmenio, porque le hizo la pregunta
» con cordial simpatía, como tratando de consolarlo. Epigmenio no acertó a
» decirle que quería una muchacha y que esa muchacha debería ser exactamente
» Sylvia. Y que si Sylvia no estaba, él daría cualquier cosa por
» encontrarla. Y que si no la encontraba, podría suceder una
catástrofe: que
» no volviera la gente a la tierra. Y que entonces querría no una copa, sino
» una botella. Por eso, Epigmenio no pudo decir nada. El señor, con mucha
» experiencia, le aconsejó un jaibolito. Es más, aclaró que era una
» invitación suya.
»
» La orquesta inició ruidosamente un danzón. Ese de "píntame de colores,
» para que me digan Supermán". Las pocas parejas que se hallaban en los
» gabinetes laterales -se nos olvidaba precisar que lateralmente, empotrados
» en la pared, hay esos gabinetes abiertos- principiaron el baile,
» deslizándose por la pista o desbocándose por ella. Según los
» temperamentos, claro. De pronto, como una vaporosa aparición, Epigmenio
» descubrió el rostro de Sylvia por sobre el hombro del caballero que la
» apretujaba. Sylvia también lo vio y respondió a su mirada con otra
» indefinible. Podría decir "por qué no has venido", "por qué no me avisaste
» que vendrías" o "me da igual que hayas venido".
»
» Epigmenio se sintió perdido. Si Sylvia estaba con otro caballero, lo
» seguro es que no podría venir con él. Las pequeñas calamidades continuaban
» aglomerándose. Cuando cesó la música, vio cómo Sylvia era llevada por su
» compañero hasta un gabinete. Y cómo se sentaba muy cerquita de ella y casi
» la besaba al hablarle, tal vez repitiéndole las mismas palabras que el
» propio Epigmenio dejara caer la otra vez en los oídos de Sylvia. No había
» duda: la debía estar invitando a ir a dormir. Y esa invitación, no hecha
» por él, era toda una pena. Una pena honda. Una pena de ésas que en un
» descuido dan de qué hablar.
»
» Epigmenio soslayó cómo Sylvia se levantaba. ¿Habría aceptado> Vio cómo
» llegaba hasta el mostrador, visible desde su mesa, donde les cambian las
» "fichas" al irse. Como algo le apretara dentro, lastimándole quién sabe
» qué víscera, Epigmenio dejó de ver a Sylvia. Clavó los ojos sobre la pista
» y se sintió el más desgraciado de los hombres. Esa desgracia implicaba la
» sensación de que Sylvia era mucho más bonita, con sus grandes ojos
» abiertos y su boca carnosa, con su blusa blanca muy escotada y sus
» cabellos sueltos. No pudo evitarlo: recordó cosas muy íntimas. Vamos,
» Epigmenio estuvo seguro de que daría cualquier cosa por tenerla a su lado,
» que haría cualquier cosa porque se fuera con él.
»
» Hubo algo que lo detuvo. Sí, el tipo que estaba esperándola. El tipo que
» se iba a dormir con ella. Había un trato de por medio que no podía ya
» romperse. Sylvia estaba comprometida. Y él sabía que ese compromiso es
» como el aval de una letra de cambio. Quién sabe por qué, pero Epigmenio
» pensó: "La soledad es un desierto. Soy un cactus en ese desierto."
»
» ¿Y esto> Epigmenio sintió que una figura se acercaba hacia él. Muy
» extraño. ¿Sylvia> Sí, Sylvia venía hacia su mesa. ¿Qué podría ser> Bueno,
» no quedaba más que el disimulo, para evitar un error. Sylvia estaba ya
» junto a él. Sin decirle nada, se inclinó un poco y le dio un beso en la
» mejilla. Nada más. Ella se había ido. Estaba saliendo ya, con el tipo ése.
» Epigmenio sentía el beso, cálido, lleno de ternura, infalsificable.
» Decididamente, un beso con magia. El beso espontáneo de una mala muchacha
» llamada Sylvia. Un beso que había logrado de pronto que todas las gentes
» regresaran a la tierra del paseo por otro planeta. La tierra estaba
» poblada otra vez por millones de hombres, por animales, por casas. Por
» risas y lágrimas. Por todo eso que es la vida.
»
»
»
» Edmundo Valadés


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