Irán: la cachondez hecha dulzura (General)
Vengo de con Irán. Como todos sabemos, es una niña dulcisÃma. 1.65 de estatura. Delgada. Senos de buen tamaño. Unos ojazos pizpiretos. Labios delgados. Sonrisa fácil. Hoyuelos coquetos. Y unas pestañas que empiezan en ella y terminan en el Superama. 55
Estaba extendiendo la sábana, todavÃa totalmente vestida y yo ya estaba excitadÃsimo: ¡nomás de verla! 16
"Te tienes que quitar todo", me dijo. Yo ya lo sabÃa. Pero me daba pena: ¡todavÃa no salÃa de México y ya se vislumbraba Paraguay! 47
Conociéndola del extinto ESS, le pedà un masaje. Me dio el masaje más rico de mi vida. Masaje... ¡masaje! Profesional, bien hechecito. Pero al mismo tiempo súper sensual. Sentada sobre mis piernas (sÃ, sà lo sentÃ, como acolchonadito), duro pero despacito. Toda mi espalda, todos los nudos, todos los poros. 55
Y luego besitos. Aquà y allá. Chiquitos, suavecitos. En toda la piel. Sus manos, allá abajito, tanteando, sobando, acariciando. “Y eso que no se hablan", pensé. 71
"Te das la vuelta, mi amor". Y otra vez los besitos. En el pecho, en el vientre... ¡en los pezones!
No me dijo nada. Sólo buscó el traje y lo vistió. Y otra vez sus labios. Y su lengua. Y su garganta. "Suave, suave, suavecito", recordé la canción. De pronto aparecÃa, de pronto desaparecÃa. Lo besaba, lo lamÃa, lo consentÃa. Lo mimó como a un bebé. Casi con cariño...
Regresó al torso, al pecho, izquierda, derecha...
Tampoco me dijo nada. Sólo lo tomó, lo dirigió y lo llevó a su destino. (Con qué gracia hacen esto las mujeres, ¿no>).
Hasta ahÃ, me habÃa dejado consentir pero ahora las tenÃa ahÃ, enfrente de mÃ. Nada más tenÃa que estirar mis labios.
"Mmm... ¡sÃ! ya me encontraste mi punto débil". Yo, aplicadÃsimo. "Más duro, más duro... ¡muérdeme!". ¡Me puso a trabajar! Lengua, manos, labios.
Se acabó la dulzura. La tierna niña se volvió un torbellino. Mil revoluciones por minuto. Rápida y furiosa. Yo, pegadito, frotandito, bien concentrado.
"¿Te quieres poner encima de mÃ>"
Misma técnica. Pegadito, frotandito, rotadito. Ahora yo hacÃa la licuadora (en vez del egoÃsta "mete y saca"). Los dos estábamos a tope. Ella se veÃa colorada, con el gesto apretado, mirando sin mirar. Yo no me veÃa pero me sentÃa con la cara encendida, con el ceño preocupado y mirando quién sabe a dónde.
De pronto todo cesó. Volvió la lucidez, regresaron los colores, reconocà el Pasadena.
"Estuvo riquÃsimo", le dije.
"¡No, pus tú!", me reviró.
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